sábado, 2 de mayo de 2009

Mensaje del Arzobispo de Asunción a la ciudadanía



UN TIEMPO DE CRISIS, UN TIEMPO DE GRACIA

Estamos viviendo, como Cuerpo Místico de Cristo, la Pascua del Señor. Pascua que significa primeramente participación en los sufrimientos de Cristo. La Iglesia de nuestro país está pasando justamente por los dolores de la mente y del espíritu. Son los sufrimientos de Cristo que pasa por la vida de tantos hermanos y hermanas nuestros que quieren vivir su fe de una manera coherente.

Es muy probable que la gran mayoría de los católicos estemos pasando por primera vez estos sufrimientos que tocan el corazón de nuestra vida cristiana. Es la fe la que está siendo puesta a prueba, y no es solamente por medio de la duda espiritual sino de la duda existencial. Muchos se preguntan: ¿vale la pena ser cristiano? ¿Merecemos estos sufrimientos, esta desolación que estamos sintiendo? ¿Acaso no florecen los frutos de la fe en esta pascua que nos habla del triunfo de Jesús sobre la muerte y el pecado? ¡Nuestra pascua! ¿Por qué está tan cargada de angustias y frustraciones ante la vida cuestionada de los consagrados y otros cristianos laicos?

Ciertamente es un tiempo de crisis el que estamos viviendo en estos momentos. Crisis, que significa conmoción, cambio, cuestionamiento, dolor. No podemos negar que existen causas para que soportemos estas reacciones muy humanas por un lado y muy comunes en nuestra vida ciudadana. Recordamos muchas veces la experiencia de Jesús en el huerto de Getsemaní: «Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz…». Y es verdad, no nos gusta sufrir. Nos cuesta aceptar los reveces de la vida, los desencantos, los vacíos del alma.

Continuamos con las expresiones de Jesús en el huerto: «…pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Desde ese momento Jesús asume todo lo que significaría su auténtico triunfo sobre la muerte y el pecado. Asume su humanidad y la llena de la voluntad de su Padre, la llena de Dios. Y por eso hemos de hacer una pausa y preguntarnos si estamos llenos de nosotros mismos y lo olvidamos a Dios, habiéndolo arrinconado en un lugar escondido en la conciencia. Porque desde este momento debemos reconocer que todo tiempo de crisis es un tiempo de gracia. Dios está llamándonos insistentemente para que volvamos a Él con la radicalidad de nuestro ser, con el compromiso que cada uno hizo a partir del bautismo y en los diferentes estados de vida asumidos.

No podemos quedarnos en la crisis para que ella se resuelva por sí sola. Debemos mirar hacia adelante para buscar el cambio que Dios nos pide y nos muestra en la vida despojada y de entrega total a Él por medio de Jesucristo su Hijo. En Jesús encontramos el modelo para enderezar nuestros pensamientos, actitudes y acciones. No dependemos ni de la ciencia, ni de la filosofía, para encontrarnos con el Dios vivo, el que comparte con nosotros la vida, el que quiere reinar en nuestros corazones y ofrecer su luz a una humanidad que se está olvidando de Él. No preparemos, entonces el caldo de cultivo para que entren los pensamientos y las acciones sin Dios o en contra de Él. Con la vida serena y sin pretensiones vivamos el mensaje de la verdad, de la libertad, de la justicia y de la paz. Se trata justamente de eso.

No podemos llevar la crisis después de la muerte. Llenémonos de la gracia de Dios para que podamos gozarla por toda la eternidad. Porque por medio de los sufrimientos el Señor nos dice que viene la pascua, viene la vida y la resurrección, la alegría y el convivió alegre con El. Si sufrimos, suframos con el Señor. Si nos alegramos alegrémonos con El, porque ese es el verdadero sentido de la vida. Esa es la auténtica felicidad en la tierra. Entre las persecuciones y los consuelos de Dios vamos tejiendo nuestra existencia terrenal hasta el día en que nos corresponda escuchar la voz del Señor: «Siervo fiel y prudente, entra en el gozo de tu Señor».

Miremos hacia la estrella que nos guía. Es María, la Madre de Jesús. Ella es nuestra maestra y compañera de la vida. Como hijos e hijas muy queridos por ella miremos su luz y llegaremos hasta su Hijo Jesús.

+ Mons. Pastor Cuquejo

Arzobispo Metropolitano


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